Sandra Lorenzano en entrevista para NCI a propósito de la novela Saudades (FCE, 2007)
La guerra según Padilla. Entrevista con el autor de Amphitryon
Por Aldo Iván Valdés Espinosa
*Ignacio Padilla (ciudad de México, 1968), realizó estudios de comunicación y literatura en México, Sudáfrica y Escocia, y se doctoró en la Universidad de Salamanca con un estudio sobre Miguel de Cervantes. Es autor de las novelas Imposibilidad de los cuervos (1994), La catedral de los ahogados (1995), Si volviesen Sus Majestades (1996) y Amphitryon (2000); de los libros de relatos Subterráneos (1990) y Últimos trenes (1996); y de las novelas para niños Los papeles del dragón típico (1993) y Las tormentas del mar embotellado (1996). Fue director de la revista Playboy. Ha sido galardonado con los premios Alfonso Reyes 1989, Juan Rulfo a la Primera Novela 1994, Juan de la Cabada 1994 y Primavera de Novela 2000.
El primer contacto fue a través de Liliana Padilla, esposa de Ignacio. Después vino un intercambio de correos electrónicos donde, a pesar de su apretada agenda, Ignacio aceptaba la invitación de platicar con Pasiones y Obsesiones sobre la guerra y Amphitryon, su novela ganadora del Premio Primavera de Novela, otorgado por Espasa Calpe y Ámbito Cultural en el año 2000. Convinimos en que la mejor forma de que yo preguntara y él respondiera fuera a través de un cuestionario que yo le haría llegar y que él me devolvería contestado. Así se hizo. Presentamos el resultado de esa charla a distancia sobre la guerra, las identidades, los antecedentes literarios y el ajedrez, con uno de los mejores exponentes de la narrativa actual mexicana.
Aldo Iván Espinosa (AIE). Dentro del panorama de la narrativa mexicana, son otras las guerras que se han novelado. La Revolución Mexicana lleva ganado terreno, seguida quizá por la Guerra Cristera , las invasiones extranjeras al territorio nacional y una lejana guerra de Independencia que es más bien un trasfondo histórico. ¿Por qué situarse entonces en las dos guerras mundiales, si parecen tan lejanas para nosotros?
Ignacio Padilla (IP). Estoy convencido de que una guerra es todas las guerras. Sus escenarios y motivos inmediatos pueden variar, pero tienen su raíz en los aspectos más viles de la condición humana. Eso no obsta para que en ellas emerjan también nuestra grandeza y nuestra compasión. Hoy más que nunca podemos constatar que ni las dos guerras mundiales ni ninguna otra que hayan padecido los hombres nos son lejanas.
AIE. Leyendo la novela, recordé por momentos la prosa y los temas de Joseph Roth. De sus preocupaciones más presentes, es la Primera Guerra Mundial la que ocupa parte de su obra. “Todo es una mascarada, no la realidad. No os despojáis de vuestros disfraces”, escribió Roth en su Fuga sin fin . Pareciera ser que fueron esos disfraces los que orillaron al mundo a ambas guerras.
IP. Con la obra de Dostoyevsky, la de Joseph Roth es sin duda la que más influencia ha tenido sobre la escritura de esta novela. Creo que Roth y todos aquellos escritores que le acompañaron en su registro de la caída del Imperio Habsbúrgico demostraron una sensibilidad enorme para retratar el breve siglo XX como producto de una doble tensión identitaria: la de los hombres y la de las naciones. Mascaradas, imposturas, electrones enloquecidos, palcos vacíos, padres ausentes, fanatismos y desamores, todo eso está en la obra de Roth y todo eso, de una forma u otra, está en la historia y la cultura vigesémicas.
AIE. En un cuento de Últimos trenes abordabas ya el tema de las suplantaciones. Planteabas la posibilidad de una impostura permanente, donde el que ocupa el lugar del otro, a gusto con la suplantación, termine usurpando su lugar para siempre. Esto nos lleva a enfrentar el hecho de que la condición humana pervive a pesar de las circunstancias más adversas. ¿Pero puede el hombre, durante la guerra, albergar otros sentimientos que no sean el odio o el rencor?
IP. Desde luego que puede. Incluso la violencia puede originar sentimientos que le son opuestos. Pensar en la guerra como una simple depuración de la rabia es pensar en el hombre como un ser hecho de oposiciones inconciliables. No es esa nuestra naturaleza, no son la animalidad ni la pura irracionalidad lo que nos lleva a la guerra. La guerra es un acto plenamente humano donde, querámoslo o no, interviene siempre la razón. Eso es lo que la hace aún más terrible. Pero eso es también lo que permite que en ella encontremos pruebas indisputables de la grandeza del espíritu del hombre.
AIE. Los personajes de la novela son hombres que combaten también su guerra interna. Sus fantasmas se agigantan en ese mundo que parece derrumbarse. Se cumple en ellos, a mi parecer, el dialogo aquel de las brujas de Macbeth: volverán a encontrarse consigo mismos cuando la batalla, su batalla, haya sido ganada y perdida. Su combate es, entonces, entre lo que creen ser, lo que quieren ser y lo que son.
IP. En otro libro he escrito que rara vez somos lo que creemos ser y casi siempre somos lo que otros han decidido que seamos. No lo he escrito con fatalismo ni con ánimo determinista. No me inquieta que los otros nos construyan. Esa batalla interna de la que hablas me parece imprescindible para alcanzar alguna plenitud.
AIE. Ahondemos sobre la figura del padre. Schley, Efrussi, Dreyer, Kreztchmar, son hombres definidos por sus padres, poseedores de su vida y definitorios de su futuro. Es, me imagino, una alegoría de ese Estado rector que arroja a sus ciudadanos a la guerra, sea cual sea, nulificando su condición de individuos.
IP. La novela es efectivamente una novela de desencuentros entre padres e hijos. Te confieso, sin embargo, que no lo hice pensando en que esos padres impositivos fuesen alegorías del Estado o de nada semejante. Creo, sin embargo, que podría haber algo de ello. Después de todo el Emperador Francisco José, como tantas otras figuras imperiales o mesiánicas, fue efectivamente una figura paterna cuya ausencia sólo pudo traducirse en algún tipo de crisis bélica.
AIE. La afirmación constitutiva yo soy , se trastoca en una actitud dubitativa: quién soy . En determinados momentos, los personajes de la novela pierden su rumbo histórico y personal. ¿Es acaso que el hombre pierde toda identidad durante la guerra?
IP. No creo que el hombre pierda identidad durante la guerra. Creo más bien que la guerra puede ser producto de una pérdida previa de identidad, sea individual, sea colectiva. Si en esta guerra o en esta novela encontramos personajes sin rumbo, no es porque la guerra se los haya arrebatado.
AIE. El ajedrez es una pieza importante en tu novela. Define futuros e identidades, aproxima a los hombres a su destino. Y sin embargo, un juego bélico de tácticas y estrategias reglamentadas es utilizado en un mundo que no tiene ni guarda ya ningún tipo de límites. ¿Es el ajedrez la única guerra que observa reglas?
IP. No. En casi todas las guerras se observan reglas, lo cual no significa que éstas sean correctas. En la Primera Guerra Mundial se derrumbó un mundo donde los enemigos se sentían o sabían obligados a observar ciertas normas, normas supuestamente afincadas en el honor pero nacidas del pensamiento, a mi entender paradójico y erróneo, de que para matar también pueden y deben existir reglas. El ajedrez siempre me ha parecido una anti-guerra, pues en él las reglas de ambos mandos son las mismas y el combate no se puede verificar cuando alguno de ellos rompe esas reglas. Nada más lejano a las guerras reales que estos combates estrictos y por lo general desapasionados. Reconozco, en todo caso, que el ajedrez me ha interesado efectivamente como una figura literaria añeja y propicia para escribir sobre esta guerra en particular.
AIE. Ni en el mundo de la novela ni en los hombres de la misma existen la ética o el heroísmo. No hay un sentido moral para sus actos. Si las guerras se libran, en última instancia, para salir victorioso de ellas, ¿es esta falta de valores lo que anuncia la derrota de ese mundo y esos hombres?
IP. Al contrario, creo que el dilema de la mayoría de los personajes de esta novela de índole profundamente moral. Lo que intentan es deshacerse de esa moralidad, pero incluso Goliadkin, que ha decidido encarnar hasta las últimas consecuencias el Mal puro, es un individuo de una moralidad que todavía me espanta. No es la falta de valores lo que anuncia la derrota del mundo habsbúrgico, sino su modificación.
AIE. El mundo en el que los personajes se mueven es un mundo absurdo, sin sentido. Nada es ya lo suficientemente sólido, no operan las balizas que nos hacen encontrarnos como humanos. Es un mundo, además, donde tampoco está Dios. El hombre está solo. Pensar en un mundo sin redención posible es casi reconocer que no existe el futuro.
IP. Cierto, pero ese es uno de los privilegios y otra de las paradojas de la literatura: hablar en ella de un mundo sin redención posible es siempre, de alguna forma, proponer la posibilidad de que ese mundo sólo puede existir literariamente y que el lector puede y debe rebelarse contra él para que exista un futuro.
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